Año CXVIII - Nro. 36.299 - Domingo 24 de agosto de 2003

La oración que nos faltaba

Como lo han reiterado nuestros dignatarios eclesiásticos, religiosas como las Carmelitas Descalzas y las Adoratrices del Santísimo, llegadas a Puerto Montt, son nuestras mejores intercesoras ante el Señor, para que nos ampare y aliente a través de sus bendiciones.

Cuando esas santas mujeres que son las religiosas, sonríen, es como si una de las puertas del cielo se abriera y, a través de ella, pudiésemos observar la infinita felicidad que reina en la vida eterna junto al Señor.

Lo comprobamos al mirar la fotografía que publicamos el jueves 21 en la página a 22. Aparecen en ella, alegres, seis monjitas de la orden de las Carmelitas Decalzas, cuyo Monasterio comienza a ser realidad en el sector de La Paloma de Puerto Montt.

Tal es la dicha interior que irradian, que uno no puede dejar de sentir que existe algo celestial en ellas.

Por iniciativa del ex Arzobispo, Monseñor Bernardo Cazzaro Bertollo, y con el respaldo del actual Pastor Arquidiocesano, Monseñor Cristián Caro Cordero, han llegado las Carmelitas Descalzas y las monjitas mejicanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, estas últimas al sector de Colegual.

Son religiosas que han consagrado su vida al amor a Dios, a través de una comunicación permanente con El, por medio de la oración sostenida, inspirada y ferviente.

Como lo han reiterado nuestros propios dignatarios eclesiásticos, ellas son nuestras mejores intercesoras ante Dios Creador para que no cese de derramar sus bendiciones sobre sus hijos que habitamos en este hermoso rincón del mundo. Siendo nosotros -sus creaturas- tan frágiles, débiles e imperfectas, que por ello dependemos tanto de su amparo y amor. Y nos vamos superando en la vida en la medida de esa compasión divina y de nuestro propio esfuerzo por salir adelante.

Por ello es que la oración de las religiosas contemplativas, como las que han llegado a Puerto Montt -por la sublime pureza que envuelve sus vidas y por ser las preferidas en el alto cielo- nos es tan indispensable como inspiración para que efectivamente contribuyamos a construir una sociedad más solidaria, fraterna, de sólidos y nobles principios.

Los monasterios son también imprescindibles pulmones de espiritualidad en la grandes urbes, destinados a aliviar el acosante peso del rodaje urbano y de la propia lucha cotidiana por ganarse el sustento. Y a hacer trascender el quehacer de cada día, ayudados por la Providencia que nos asiste en nuestros afanes de superación. La misma que ha provisto de la nocesario en la instalación de las religiosas en nuestra ciudad, mediante la valiosa ayuda de admirables anónimos benefactores. Colaboración que se espera continúe hasta consolidar la presencia de ellas junto a nosotros los puertomontinos. La que ya nos hace felices con la calidez de sus sonrisas y el invisible pero palpable aliento de sus oraciones.




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