 Los medios de comunicación regionales se pueden constituir en una de las mejores tribunas para que las comunidades locales puedan expresar sus juicios, racionamientos; sus percepciones y sentimientos respecto del cada vez más complejo entorno que las rodea. No debatir a través de la prensa temas contingentes tales como la contaminación acústica o atmosférica, la mala atención a los clientes, los abusos de poder, el funcionamiento de la burocracia o el estadio que alcanza la calidad de la educación, sería un irreparable error histórico. En la medida que la gente, particularmente los jóvenes, vean considerados de manera real y palpable sus imprescindibles y agudos pareceres, su posición hasta podría desembocar en el cambio de su comportamiento en las urnas. Si el país legitima la indiferencia —caso concreto de la no inscripción en los registros electorales— podríamos precipitarnos a un indeseable abismo donde sólo pesarían las opiniones de unos pocos con el consiguiente debilitamiento del sistema democrático. Ello implica que la relación de un Diario con sus lectores debe ir más allá de permitirles el derecho a expresar sus opiniones, sino que tener la hidalguía por parte de los adultos y de quienes detentan poder político, económico o religioso de reconocer con serenidad la voz de miles de jóvenes que no se sienten incorporados en los procesos de modernización que sufre constantemente la aldea que habitan. Ha sido asombroso observar en foros estudiantiles y universitarios locales, incluyendo los que promueve nuestro matutino, la calidad y la creatividad que demuestran los adolescentes cuando se les da la posibilidad de fijar sus posiciones respecto a los más variados temas. Sería fatal caer en la vulgaridad intelectual de asociar a los jóvenes con el submundo de la droga, la promiscuidad sexual o su falta de compromiso con la educación cívica. A las preguntas complejas que nos plantea el mundo contemporáneo debemos tratar de responder con reflexiones de hondura y calado y no con burdas descalificaciones que, las más de las veces, son la resultante de la pereza mental o la falta de sensibilidad de quienes deberíamos predicar con el ejemplo. Ser mayor de edad implica precisamente tomar conciencia del aumento del tamaño y la complejidad de nuestra ineludible tarea de aprehender de los niños y jóvenes con los cuales a veces nos conformamos con sólo compartir sitiales físicos, pero deconocemos sus enriquecedoras raíces espirituales. La rutinaria mirada en blanco y negro debe dar paso a la incorporación cuidadosa pero sin miedo a millares de trabajadores, estudiantes o dueñas de casa, para que liberen su energía positiva y se sientan copartícipes de la construcción de un país que quiere progresar social, económica y espiritualmente. Es hora de reconocer que a veces hemos confundido los pronósticos con los diagnósticos, transmitiendo al colectivo social una visión errada. En regiones hay drogadicción, pandillaje, delincuencia. Esos temas hay que tratarlos con tanta delicadeza como la purificación de las aguas servidas. Tenemos que atrevernos a preguntarles a los jóvenes sus opiniones, observar con detención su conducta personal o grupal, no soltarlos de la mano al primer desencuentro y respetar sus interpretaciones. En vez de referirnos a ellos o hablar por boca de los mismos sin consultarlos, lo ideal es darles tribuna para que expresen sus sentimientos y la gente pueda comprobar que su silencio o su engañoso y aparente desgano no es sino una forma de expresar cierta disconformidad contra el disfraz de la corrupción, contra la guerra o el impedimento de poder expresar sus emociones o sus nobles ideales. Hay que abrir el cofre de la juventud. El divino tesoro no debe quedar escondido debajo de la alfombra.
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