Año CXIX - Nro. 36.499 - Viernes 12 de marzo de 2004

Testimonio de un periodista sureño

Periodista Jaime Troncoso que reside a pocas cuadras del lugar del genocidio.

 

Soy Jaime Troncoso, un chileno como cualquiera, pero con la diferencia de que este jueves 11 de marzo no estaba en mi Temuco natal. Llevo casi tres años en Madrid haciendo un postgrado en periodismo y aprendiendo a vivir en el "primer mundo" y les aseguro que ningún accidente que me haya tocado vivir en mi ya lejana etapa como becario se puede comparar en lo más mínimo con lo que vive esta ciudad.

Les soy sincero, no oí los estruendos, soy de sueño profundo (cuando logro conciliarlo) y Madrid es una ciudad bastante bulliciosa, así que rápidamente te acostumbras al caos. Desperté con una llamada a mi móvil, perdón celular; una amiga me preguntaba cómo estaba, "bien" respondo aún con sueño. "¿No sabes lo que ha pasado, cierto?", en efecto no tenía ni idea.

Rememoré de inmediato la llamada que me despertó el 11 de septiembre de hace dos años y medio, esas llamadas donde te das cuenta que algo muy grave ha pasado y no alcanzas a comprenderlo del todo.

Me levanté, prendí la tele y antes de que pudiera enterarme bien de qué iba el tema, me llaman de nuevo.

Otro amigo me hacía la misma pregunta. Era natural que ellos estuvieran preocupados, vivo en Atocha, en cinco minutos estoy en la estación de trenes y era mi ruta habitual cuando trabajaba en un portal de Internet hasta hace unos meses.

No aguanto más la incertidumbre, pese a que decían que aún podían haber más explosiones e incluso se hablaba de coches bomba, decido salir a la calle. Toda la zona acordonada y un nerviosismo latente en todo el mundo, incluso los policías estaban tensos, se sentían llantos aislados y el ruido de las sirenas te hacía pensar que estabas viviendo en algún país asiático, porque España desde hace mucho que sufre las agresiones de ETA, pero nunca en esta magnitud. De hecho, el mayor atentado había sido en un centro comercial, causando 21 muertos.

Sin duda, lo que veías en la calle no ayudaba a calmarte. Observé como cortaban una calle y una turba de policías se metía intempestivamente en una estación de metro cercana a la tragedia buscando quizás qué o a quién -en esos momentos es difícil encontrar coherencias-, parecía que no podías estar seguro en ninguna parte.

Entré a un supermercado y una cajera estaba histérica hablando por teléfono, decía que ya habían estallado un par de autos y que todos teníamos que salir de inmediato del lugar.

Es difícil no sentirte contagiado por el miedo, pese a que crees que lo sucedido ha sido lo suficientemente grande como para que ya no pase nada más, pero de inmediato empiezas a angustiarte. Sobre todo al pensar que en un lugar público por el que uno ha estado cientos de veces ha ocurrido algo como esto, el darte cuenta que tú te has sentado en esos vagones que ahora son cenizas, en fin, el saber que tu vida vale menos que un soplido. No quiero ponerme poético-trágico, pero es lo único que me viene a la cabeza en estos momentos.

Disculpen lo apresuradas de las palabras y las frases poco claras, pero preferí escribir esto sin pensar demasiado, hoy no es un día para pensar demasiado.

 

Por JAIME TRONCOSO

Periodista



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