|
Por el Prof. Juan Félix Burotto Pinto, Universidad de Los Lagos Puerto Montt. Cuando, como profesor invitado en la Universit„t Bielefeld, en Alemania, a comienzos de este año, dictara algunas conferencias sobre Derechos Humanos (DD HH), uno de los hechos más turbadores fue el conocer puntos de vista muy críticos acerca de la conducta del Estado y población de Chile en la materia: cierta aparente lentitud y/o cobardía para hacer justicia y reparar consistentemente a victimarios y víctimas. Pretensión honesta y germana de quienes dieran una solución a sus agudos traumas habidos en el Tercer Reich, básicamente la Shoá (en hebreo: Gran Desastre) del genocidio a seis millones de judíos. Una pretensión acaso con afanes perfeccionistas para quienes nos enfrentamos con el hic et nunc chilenos. Hace unos días, escuchábamos al señor Presidente de la República el que daba a conocer su posición y la del gobierno en torno al tema. El discurso del gobernante marcó las culpas de la coalición política que preludiara al gobierno de facto pero poniendo de relieve el hecho que tales torpezas eran, de suyo, harto menores a los excesos violatorios habidos en el gobierno que encabezaran las Fuerzas Armadas entre 1973 y 1989; insistió en la necesidad de mejor reparar a las víctimas incluyendo como nuevos beneficiarios a las personas torturadas; anunció la creación de un instituto para el estudio de los DD HH y, en suma, esbozó, con una serie de medidas legislativas, la paulatina solución del grave incordio. El Presidente no mencionó una eventual derogación de la Ley de Amnistía dictada en las postrimerías del gobierno autoritario -motivo de desilusión en algunos chilenos y de ácidos cuestionamientos por parte de Amnesty International-. Entre nosotros, los tres gobiernos siguientes al militar han intentado un avance en la temática. La administración Aylwin lo hizo al propiciar el Informe de la Comisión Verdad y Reconciliación; en el Gobierno del Presidente Eduardo Frei, fue la constitución de la Mesa de Diálogo y, finalmente, las recién comentadas palabras del Presidente Ricardo Lagos. En suma, un largo camino con frutos a veces inciertos. Debe insistirse aquí en que los gobiernos no son sino una parte de los Estados y sólo un factor en esta delicada materia. Desde mi vivencia personal y académica, propongo unas breves reflexiones. a) Los DD HH no son consustanciales a la naturaleza humana. Son un invento cultural y, además, de reciente data. La Modernidad pergeñó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, la Constitución de los Estados Unidos, habidas en el siglo XVIII o la propia Declaración Universal de los DD HH de la ONU en 1948; dichos textos son el producto de luchas políticas emancipadoras o, en el último caso, de una transacción de unos y otros para construir un mundo más digno y decente. No son el resultado de una evolución natural sino una apuesta deliberada para un mejor vivir. b) Tal como los conocemos, luego de la vituperable experiencia de la 2da Guerra Mundial, los DD HH son solamente unos lineamientos éticos y no Derecho en sí. Los países soberanos y la comunidad mundial han ido incorporando muy despacio, en sus legislaciones tales DD HH, única fórmula para que ellos tengan imperio y fuerza. Falta la instauración de un Tribunal Penal Internacional que, sobre las naciones singulares, pueda ejercer una justicia que desborde los intereses y temores puramente nacionales. c) La carencia apuntada, trae como consecuencia nefasta el que las posibilidades de hacer justicia y castigar a quienes violan los DD HH, tras un régimen no democrático, sean escasas. A lo menos por dos situaciones: la ley gestada en una dictadura (de amnistía, por ejemplo) es, con todo, derecho al fin de cuentas y sólo una derogación legal -únicamente plausible contando con ciertos apoyos fácticos- puede corregirla a futuro. En segundo lugar, el gobierno democrático no puede por sí solo pensar los mecanismos ideales. Hay la responsabilidad de todo un país a su lado... o no la hay, en la medida requerida. d) La única gran solución al tema es la persistencia en una educación sentimental (Richard Rorty en "On Human Rights", Oxford, 1993), con la que, lisa y llanamente, nos convenzamos que es más honorable y feliz vivir con derechos humanos que sin ellos. Aquí se hace indispensable la apelación a una memoria, ni rencorosa ni agresiva sino, antes bien, intensa y sincera. Esto no implica, obviamente, abandonar las vías estatales y, en especial, judiciales o cejar en el empeño de su particular incremento; de lo que se trata, adicionalmente, es internalizar en los sujetos la conveniencia de no volver a tolerar jamás la ausencia de la democracia y su secuela de transgresiones. e) Muy personalmente, descarto del discurso ciudadano las expresiones perdón y reconciliación. Pienso que los Estados y las sociedades deben prescindir en sus accionares grupales del intento de inscribir, en una agenda ética, cuestiones subjetivas y personales. Alguien puede "reconciliarse" o "pedir perdón" sin sentirlo, transformando ambas expresiones en una pura retórica para dilatar las misiones urgentes de justicia y, como lo manifestara más arriba, educación y memoria. Tengo la impresión que avanzamos, dentro de innúmeras dificultades en este Chile que amamos. Cito del Testamento del Rabí Eliezer el Grande "No te comportes como una mosca, que busca las partes enfermas de una persona para posarse. Busca a los sanos entre tus conocidos y no te concentres en sus defectos." ¿Me doy a entender? Asumamos la memoria y reinventemos los Derechos Humanos. Usted y yo. Día a Día. |