28/05/2004

Una aventura a los bosques del Pleistoceno en la región

Acaba de aparecer la obra de una especialista chilena que resume sus investigaciones de años en el archipiélago de Chiloé y que arroja luz sobre los antecesores de nuestros bosques nativos.

Carolina Villagrán, palinóloga, especialista que ha estudiado la flora del Cuaternario en la zona, arribando a sorprendentes conclusiones.

Otro perseguido

El ciprés oloroso de la Guaitecas es otro perseguido de nuestros bosques.

Grandes fortunas se amasaron y muchas toneladas flotaban cada año hacia el Chile Central, Perú y al mundo.

El "Rey del Ciprés" fue de Chonchi, don Ciriaco Álvarez; primer gran depredador de esta conífera y la más importante fortuna isleña de fines del siglo XIX.

"Lahuán" le decían los mapuche, pero le pareció ciprés a los españoles.

Su madera liviana y fibrosa es de las más incorruptibles, después del alerce.

Aquí se ha usado para entablar embarcaciones, para puertas, ventanas e incluso como tejuela. Los árboles pequeños han sido cortados durante un siglo para estacas en las viñas.

La reconstrucción de la historia natural de la zona es un capítulo que comienza a abrirse con estos estudios. Así como la historia de los primeros poblamientos de la zona, como Monte Verde, las evidencias de la última glaciación recién comienzan a ser desenterradas.

Carolina Villagrán camina sobre troncos de 50 mil años. Desde los ochenta se desplaza por bosques y barrancos de Chiloé y alguien podría confundirla con una recolectora de pompoñ cuando se adentra en las turberas sacando muestras de polen milenario.

En estos días, en plena polémica alercera, presentó un libro que es fundamental para entender los efectos del cuaternario en nuestra región: HISTORIA GLACIAL DE DOS CONÍFERAS MILENARIAS: EL ALERCE Y EL CIPRÉS DE LAS GUAITECAS. El documento lo escribió en colaboración con Fidel Roig, que durante los dos últimos años se ha aliado con Carolina y un preciso equipo científico para dar lectura al PLEISTOCENO que, en Chiloé, es un verdadero museo de fósiles y otras evidencias de esa era geológica.

Fidel es un dendrocronólogo mendocino que lee en los anillos de los árboles, así como Carolina, palinóloga, lo hace en los granos del polen. Ellos no leen el futuro sino el pasado, como los arqueólogos. Ambos doctores son considerados de los mejores en sus especialidades, en sus respectivos países.

Carolina estudió biología y en esos años nos conocimos como estudiantes de la Universidad de Chile. Se doctoró en Alemania en 1978 y tres años después inició estudios botánicos y palinógenos en Chiloé. Se instaló con casa y todo hace unos cinco años en Aituy, camino a Queilen.

Apasionada, taxativa, observadora. Romancea como si fuera cura antiguo cuando habla de plantas porque la flora está bautizada en latín.

En Chiloé se apasionó con la etnobotánica, es decir, la relación de las plantas con la cultura, con la gente. Pero, además, su interés y especialidad está en la paleobotánica que no es otra cosa que la historia de los antiguos bosques que cubrieron el planeta y que desaparecieron; en nuestra región esto ocurrió por efecto de las glaciaciones.

El trabajo que este equipo desarrolla en la región es de tanta importancia como los hallazgos de Monteverde. Incluso el Doctor Mario Pino, del equipo de Monte Verde, ha colaborado con ellos en la descripción de las secuencias estratigráficas y en prospecciones.

 

ENTRE MITOS Y GLACIARES

 

Con la misma emoción e ingenua mirada con que hemos conocido el proceso de Monte Verde, donde un niño estampó su pisada hace 12 mil años, hemos seguido durante estos años a estos profesores chilenos y argentinos que van encontrando en las costas de nuestras islas maderas que, de troncos inservibles se vuelven, por el arte de una nueva lectura, en valiosas piezas para la ciencia.

Con la pasión de Carolina Villagrán, el silencio de Fidel Roig y la esforzada labor de todo el equipo fueron transformando nuestras playas barrosas en hermosas pizarras donde fuimos aprendiendo las primeras lecciones del cuaternario.

Nuestros antiguos nos contaron que en tiempos remotos no existía este archipiélago y fueron las cósmicas Tentén y Caicai Vilu, las fragmentadoras de esta tierra. Si no hubiera sido por ellos no habríamos concebido en nuestro imaginario una tierra firme, en este desparpajo de aguas y geografías.

Ellos se unen hoy a este recuerdo mítico de la joven humanidad para procesar lo que quedó enterrado y hundido cuando los hielos cubrieron todos estos espacios y este archipiélago no existía y posiblemente era una plataforma terrestre tan firme como la de los valles centrales de Chile.

Desde sus respectivas disciplinas interpretan y miden los vestigios que han perdurado en esta geografía transformada reiteradamente por múltiples eventos glaciales.

En su libro nos presentan paisaje inconcebido para nosotros: bosques de alerces y cipreses creciendo donde ahora hay mar interior; grandes barriales y lagos alojados por los deshielos y hasta hace todavía 14 mil años, grandes masas de hielo en toda la costa oriental donde hoy vivimos el 80% de los chilotes. Nuestras lomas es el molde dejado por la gran pisada del hielo y sus deslaves.

 

ALERCES Y CIPRESES DE LOS BAJAMARES

 

Mariscando tacas o culenes el gualato se clava en un trozo rojizo: es un alerce hundido en la playa de Choen. Esos troncos de alerces, cipreses o coigues se encuentran en la costa oriental de Chiloé, en las riberas del Canal de Chacao y en las costas del Estuario del Reloncaví.

Troncos subfósiles de alerce y ciprés que se aprecian a simple vista en la playa de Puntas Pirquén y Choen, en Chiloé.

En Tenglo y Pelluco se han hallado importantes vestigios, tanto como en Molulco, Aituy, Detico.

Un campesino de Pihuío, al noreste de Ancud, aprovechó un derrumbe donde quedaron al descubierto muchos de estos troncos glaciales, los hizo tejuelas y se construyó una bodega. Según los estudios de este proyecto el galpón de este campesino fue hecho con alerces que debieran arrojar una antiguedad superior a los 50 mil años.

Se cree que crecieron grandes bosques de coníferas en nuestra región. Sin embargo, de acuerdo a los estudios moleculares, presentan similitudes genéticas los bosques de alerce de Chiloé, Alerce Andino y Hornopirén, lo que lleva a hipotetizar que estos bosques, en esos tiempos, estaban unidos a la altura de Quinchao, donde hoy se concentra la mayor cantidad de islas y las menores profundidades marinas.

 

MONEDAS DE ALERCE

 

El alerce, en tiempo históricos, se incorporará a la vida cotidiana como una madera de excelencia. Ya los chono conocieron el alerce; sólo ellos y los chumash de California construyeron canoas de tres tablones, en toda América, por poseer maderas partidoras.

La base económica en la exportación colonial fue el alerce, equivalente a una moneda de intercambio y los valores aquí en la isla se calculaban a partir de un tablón de esa madera.

Alerce le llamaron los europeos al "lahual" de los mapuche. Alerce es voz hebrea: "AREZ" es el cedro.

Del alerce se ha extraído madera para la construcción y estopa para calafatear embarcaciones, llegando a ser la más preciada por lo liviana, fácil de desgajar y de gran resistencia a la lluvia y a la humedad.

En Chiloé se la ha preferido en los techos y tingles de casas; en barriles de chicha y debe ser de alerce la urna que devolverá al isleño a su tierra húmeda.

Los jesuitas encargaban imágenes votivas al Perú y las pagaban con alerce. Las más importantes encomiendas indígenas fueron las de tableros o hacheros que talaban los alerzales de Melipulli.

Hoy el alerce sigue perseguido como una valiosa moneda y, en estos días, todos hemos sido testigos de una controversia ambiental que ojalá libere para siempre del comercio a este gigante de nuestros bosques. La autorización de la venta del alerce muerto es parte del cinismo mercantil para terminar con los bosques vivos.

 

 

Por Renato Cárdenas Alvarez



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