Usted está en : Portada : Crónica Domingo 29 de julio de 2007

La rebelión huilliche de 1712

Desde el último tercio del siglo XVII, el archipiélago de Chiloé comenzó a salir de su estancamiento económico y demográfico, por la crisis que significo el fin de las malocas o las expediciones esclavistas a la Provincia por la disminución de la población indígena vendida y muerta y la sustitución por un factor productivo menos peligroso como la exportaciones de madera de alerce al Perú.

Los encomenderos intensificaron la presión laboral sobre la población indígena de Chiloé, la que fue forzada a viajar anualmente a la costa a cortar alerce.

El 26 de enero de 1712 en el pueblo de Quilquico en Chiloé, varios lideres huilliches acordaron en el transcurso del juego de linao (este es un juego de pelota con las manos, originario de los huilliches que se practica entre dos equipos de once jugadores cada uno, parecido al rugby) alzarse por el maltrato que sufrían de los encomenderos que se había generalizado en esta época cuando al excesivo servicio personal, se sumaba la captura que algunos españoles hacían de los hijos de estos indígenas para servirles en numerosos trabajos para su beneficio.

Esta situación era agudizada por el problema suscitado entre el nuevo gobernador de Chiloé, José Marín de Velasco, nombrado directamente por el rey y el capitán Alejandro Garzón Garaico-echea, que desconoció la autoridad de Marín, presentando al cabildo de Castro un documento firmado por el gobernador de Chile Ustáriz, que decía si en ausencia, enfermedad o muerte del gobernador de Chiloé debía asumir él como gobernador.

Esta situación hizo crisis cuando el capitán Garzón envió a dos reyunos (indígenas huilliches aliados de los españoles) por el camino de Nahuelhuapi para servirle de correo a Santiago. El capitán de amigos, Pedro Gutiérrez, le recordó que no podía salir ningún indígena de la provincia sin la autorización del gobernador de Chiloé, Marín de Velasco. El capitán Garzón lo destituyó, obligando a los huilliches a cumplir la orden bajo pena de muerte.

El gobernador de Chiloé declaro en desobediencia al capitán ordenándole que en seis días fuera él y los capitanes y soldados de Calbuco al Castillo de Chacao, sino serían declarados traidores del rey. No haciendo caso, Garzón optó con los 62 soldados de infantería y unos 40 reyunos de Calbuco, abandonar el fuerte, cruzando el camino de Nahuelhuapi hacia Santiago para dar cuenta de los hechos al gobernador Ustariz.

la sublevación

Esta reducción significativa de pertrechos y hombres en armas a favor de España facilitó que el día 10 de febrero de 1712 estallara la sublevación, atacando los huilliches tributarios de Chiloé el fuerte de San Miguel de Calbuco, matando a 15 españoles y una mujer, saqueando la capilla, llevándose la imagen del santo patrono San Miguel Arcángel, que fue escondida en la isla Huapi Abtao.

Por otra parte, los indios reyunos de Abtao y Calbuco que, aunque se vieron sometidos a diversas prestaciones personales que los afligían con igual dureza que otros indígenas de Chiloé, no se sumaron a la rebelión, apresando a los seis emisarios que llegaron a la isla de Calbuco, ofreciéndoles la flecha de guerra. En la tarde del 11 de febrero de 1712, arribaron a Chacao los caciques reyunos Pablo De Arel y Luis Nahuelhuay acompañados del capitán de amigos Pedro Gutiérrez, a solicitar que a los emisarios huilliches se les permitiera juzgarlos según su costumbre y "alzarlos de sus lanzas". El gobernador de Chiloé, después de hacer las respectivas consultas, autorizó la propuesta de estos reyunos. La rebelión acabó pronto, muriendo 30 españoles y 400 indígenas hombres.

La rebelión de 1712 de los huilliches tributarios de Chiloé, que se veían fuertemente afectados por el régimen de encomienda de los españoles que los sometía a excesivos trabajos, obligó a la corona española a replantearse su política en esta zona del mundo, que llevó al fin de la encomienda en Chiloé en 1782.