Usted está en : Portada : Turismo Jueves 5 de agosto de 2004

Prehistoria regional

Por JUAN CARLOS VELASQUEZ, Profesor de Historia

Monte Verde.

Hace 40.000 años, cuando el viento, el frío y la nieve azotaban el hemisferio norte con toda su furia, grupos de cazadores-recolectores asiáticos, cruzaron el puente de tierra que se había formado entre Siberia y Alaska, llamado Beringia, atraídos por la posibilidad de cazar a aquellos grandes animales de los cuales dependía su vida. De este modo tan sencillo, y casual, comenzó la historia humana en un continente entonces completamente virgen: América.

Miles de años después, ya adaptados al Nuevo Mundo, los primeros americanos habían logrado vencer todas las barreras geográficas y climáticas que el continente les oponía, para recorrerlo palmo a palmo desde las planicies de Norteamérica hasta las regiones más australes de Sudamérica.

 

MONTE VERDE

 

Hace 12.500 años, durante el Pleistoceno, al finalizar la última glaciación, un grupo de cazadores-recolectores vivían en Monte Verde, a orillas del estero Chinchihuapi, cerca de la actual ciudad de Puerto Montt. Por su especial antigüedad, los arqueólogos han calificado a Monte Verde como un sitio del período Paleoindio, correspondiente a los primeros grupos humanos que habitaron América.

Luego de su ocupación, una capa de ceniza volcánica y de turba cubrió todo el sitio y permitió la conservación de esta impronta del pasado humano. Los trabajos arqueológicos realizados por un grupo interdisciplinario encabezado por el arqueólogo norteamericano Tom Dillehay logró descubrir restos de viviendas, artefactos de madera, restos de alimentos vegetales y huesos de animales, evidenciando una adaptación humana temprana a la "selva valdiviana".

La huella del pie de un niño es el testimonio más elocuente de poblamiento humano dejado por quienes vivieron en Monte Verde hace más 12 mil años.

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La gente de Monte Verde vivió en un ambiente boscoso, aprovechando los abundantes recursos forestales para hacer sus habitaciones, que techaban con cueros de animales. Los restos de sus fogatas demuestran que se alimentaban de especies hoy extinguidas, entre ellas el mastodonte. Recolectaban plantas alimenticias y medicinales. También consumieron algas y moluscos de agua dulce provenientes de alguna laguna cercana. Todos estos recursos fueron obtenidos dentro de un radio de unos 100 km., lo que da cuenta de la gran movilidad, conocimiento del territorio y capacidad organizativa del o los grupos.

En el lugar también se encontraron algunos de sus instrumentos de trabajo, como puntas y esferas de piedra para las lanzas y boleadoras usadas en la caza, o piedras para moler las plantas. Entre las materias primas de estos instrumentos líticos está la obsidiana, lo que nuevamente da cuenta del amplio radio de acción de estos cazadores, ya que esta piedra se consigue sólo en los sectores volcánicos de la cordillera andina.

Dentro de las viviendas se recuperaron herramientas, restos de plantas y pozos superficiales o poco profundos cubiertos con arcilla que sirvieron como braceros (fogones) que aún conservaban evidencias de restos de fuego. La cocina fue aparentemente una actividad comunal y tuvo lugar alrededor de dos grandes fogones.

Este asentamiento es una evidencia invaluable para comprender cómo los grupos paleoindios se adaptaron a las condiciones del bosque frío y húmedo, en las postrimerías de la última glaciación, generando una variante en el estilo de vida en relación a los desarrollados en las praderas norteamericanas y en la Patagonia del extremo sur chileno-argentino.

 
 
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